Antal Dunai: «Puskas era el número uno, pero ningún corazón como el de Kubala»

Antal Dunai nació en un pequeño pueblo al sur de Hungría, a diez kilómetros de la antigua Yugoslavia. Su hermano empezó a jugar a fútbol y él siguió sus pasos, viendo por televisión los partidos de la Juventus y fijándose en Sivori, y soñando con las victorias de los magiares mágicos que recorrían Europa. Marcó 213 goles en 379 partidos oficiales, se colgó tres medallas olímpicas y solamente Eusebio le impidió ganar la Bota de Oro. Podía haber jugado en un grande, pero se conformó con hacer historia en su país y aterrizar en España de entrenador. Un ascenso en Xerez fue su estreno para luego seguir en el Betis, Murcia, Castellón y Levante. Fue vicepresidente de la Federación Húngara de Fútbol y ahora, a sus 77 años, disfruta del fútbol y de un mar de recuerdos.

Ferencvaros-Barcelona. A bote pronto, ¿qué le viene a la cabeza?

Que los dos equipos me quisieron fichar. Primero el Ferencvaros en dos ocasiones. Antes de irme al Pecs y antes de decidirme por el Ujpest. Fue una lástima porque allí jugaba mi compañero de selección Florian Albert, que había nacido cerca de mi pueblo. Yo había jugado además con su hermano. Y luego me quiso el Barcelona. Kubala siempre me decía que quería llevarme, que un delantero que tenía facilidad para meter goles los podría hacer en cualquier equipo.

¿Y por qué no fue?

No podíamos salir de Hungría por asuntos políticos. Y si huías tenías que estar un año sin jugar y luego se olvidaban de ti, te borraban de todos los lados. Y yo tenía familia. No me atreví. Con el Ujpest ganamos siete ligas seguidas, levanté una Bota de Plata y otra de Bronce y ganamos el Gamper de 1970 ante el Barcelona en el Camp Nou. Para nosotros fue una gran victoria. Seguro que podría haber jugado en España o en otro país.

Usted conocía muy bien a Kubala. ¿Qué relación tenían?

No hay palabras para definirlo. Hay pocos hombres como Kubala. Cuando iba a Barcelona me llevaba con él a su casa de la Costa Brava. Le explicaré una anécdota que le define. Un día paseábamos por Plaça Catalunya y escuchamos hablar húngaro. Era una familia mirando una tienda de ropa. Kubala les observó y quiso saludarles. Les preguntó si les gustaba algo de la tienda y le dijeron que un vestido, pero que era muy caro. Kubala dijo que no había problema. Entró y se lo compró.

Una persona muy generosa.

Recuerdo la fiesta de su 50 cumpleaños. Vino gente de toda Europa. Todos lo querían. De mí siempre habló bien y así llegué a España para ser entrenador. Él fue de visita a Xerez y les habló de mí, de un gran jugador húngaro que sabía hablar español y que era un gran entrenador. Me ficharon y así empecé una gran etapa en España. Ese año subimos a Primera. También me ayudó en Murcia. Él era el técnico y recibió una oferta irrechazable de Arabia. Dijo que se iba y que yo le sustituiría. Y el club aceptó.

¿Quién es para usted el mejor jugador húngaro de la historia?

Puskas es el número uno, pero no ha habido nadie con el corazón que tenía Kubala.

Puskas triunfó en la famosa Hungría de los años 50. ¿Qué recuerda usted de aquello?

Mi familia procede de Croacia. De hecho, yo nací en un pueblo húngaro a tan solo diez kilómetros de la frontera con Yugoslavia de aquella época. Al inicio no teníamos televisión, aprendimos por el boca oreja. Recuerdo que vinieron a jugar una vez a mi pueblo. Todos queríamos ser Puskas o Kocsis, aquello te marca. Entonces los imitábamos jugando en las calles todos los días.

¿Y cómo llegó a ser profesional?

Practiqué fútbol y también balonmano, pero vieron talento en mí. Cuando tuvimos la primera televisión, nos llegaba la señal de Italia. Veía partidos de la Juventus y me fijaba en un delantero argentino que se llamaba Sivori. Intentaba entender sus movimientos y su técnica para luego copiarlo. Me sirvió de inspiración.

En la selección no llegó tan lejos cómo habían llegado los magiares mágicos, pero posee tres medallas olímpicas. ¿Cómo fueron esas experiencias?

La primera fue en Tokio. Yo era joven y apenas jugué. Nos fascinó el país, sus avances. Para mí es el mejor lugar en el que he estado. En México 68 ya era un jugador contrastado, marqué dos goles en una final histérica ante Bulgaria. Remontamos y luego los búlgaros enloquecieron y acabaron con tres expulsados. Uno de ellos tiró el balón a la cabeza del árbitro. En Munich vivimos el ataque terrorista, que generó incertidumbre a la hora de jugar la final. Y la perdimos ante Polonia. Nos aprovechamos de que en los Juegos no debían ir teóricamente profesionales y conseguimos grandes resultados.

Y desde entonces, Hungría se secó. ¿Por qué?

Todo ha cambiado. Europa evolucionó y ahora los jóvenes ya no le ponen el entusiasmo de antes. En el Ferencvaros el otro día solo alinearon a dos húngaros. En la Liga solamente hay tres equipos competitivos. Fui bastante tiempo vicepresidente de le federación húngara y detecto que ese es el principal problema.

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