«Empecé a nadar sin pensar competir: sólo quería flotar»

2 marzo, 2019 · Archivado en Competiciones, Deporte femenino, Deportes, Deportes acuáticos, Juegos Olímpicos, Juegos paralímpicos, Natación, Natación adaptada, Teresa Perales · Comentarios desactivados en «Empecé a nadar sin pensar competir: sólo quería flotar» 

No le gustaba nadar…

De niña se me hacía dificilísimo. Me llevaron varias veces. Flotaba, pero no logré aprender.

Hacía kárate.

¡Me encantaban las películas de Karate Kid (ríe)! Lo hice desde los cinco años hasta que me quedé en silla de ruedas. Llegué a cinturón marrón-negro.

¿Recuerda ver Juegos?

De Olímpicos el primero, Barcelona. Ahí no recuerdo nada de paralímpicos. Fue en Atlanta cuando supe que existían.

Usted se quedó en silla de ruedas por una neuropatía.

Sí, por una enfermedad neurológica que me vino, con afección en piernas y brazos, especialmente las piernas.

Le ocurrió en la Universidad.

Sí. Yo tenía 19 años. Estaba estudiando Ciencias de la Educación, Pedagogía ahora. Hice hasta segundo, no me gustaba mucho. Cuando me quedé en silla de ruedas lo cambié por Fisioterapia, que sí terminé.

¿Había tenido síntomas?

Sí. De pequeñita. En la mano un dedo se había quedado a un lado.

La última vez que sale a la calle caminando fue el día que el Zaragoza ganó la Recopa, 10 de mayo de 1995.

Sí. Era aficionada al fútbol. Hubo un tiempo que fui abonada e iba a La Romareda.

¿Comenzó a nadar poco después?

Sí. Empecé a nadar sin pensar en competir: yo sólo quería flotar, sentirme libre en el agua. Me metí en la piscina porque me aburría al borde con mi familia dentro y descubrí que me gustaba. La sensación que volvía a tener de control de mi cuerpo.

Aquel primer día se tiró con un chaleco y un silbato.

Sí (ríe). Un chalequito salvavidas naranja y verde fosforito.

¿Le dio miedo?

Por un lado, sí. Aún no me había encontrado con mi cuerpo. Y la gente me miraba mucho. Era una cría, de 19 años, esquelética, con una silla con un cojín forrado en borreguillo y un chaleco. Pasé mucha vergüenza. Aguanté diez minutos.

Pero enseguida llega Ramiro Duce, su primer entrenador.

Cuando vuelvo a Zaragoza digo que quiero aprender. Y fui al Club CAI DCM. "¿Sabes nadar?", me pregunta un monitor. Digo que no, que soy un patito mareado venido arriba. Me mete al agua. "Copia a éste". Y lo hice, porque tengo una cosa: mucho orgullo. Se fue a por el entrenador, Ramiro. "Nadas muy bien, vente al equipo".

¿Y qué pensó?

¡Qué estaba como una cabra! Y se lo decía a todos. Para animar. El club era sólo de discapacitados.

Pero...

El cronómetro cada vez iba más rápido. Mis movimientos, al inicio rudos, más finos.

¿Cómo es nadar sin sentir una parte del cuerpo?

Yo no sé dónde están las piernas. Ni tengo conciencia de ellas ni de su posición. Sé que están recogidas si me cuesta más. Que han caído si voy más lenta. No me sirven de timón. En estilos como la espalda se me van mucho de lado a lado.

¿Qué debe entrenar más?

Tren superior, brazos. Antes hacía más gimnasio. Ahora que soy más mayor, ya no puedo. Buscas el equilibrio entre la edad y la condición física. Y yo estoy ahí (ríe), rozando el palo. Hago más aeróbico, para corazón y pulmón. Handbike. E hipoxia. Con un dispositivo que simula el entrenamiento en altura... muy jorobado.

¿Ah, sí?

Sí. Los que tienen mucho dinero y se lo pueden permitir tienen camas hiperbáricas.

Los futbolistas.

Correcto. Yo por logística familiar, porque quiero seguir durmiendo con mi marido, no puedo. En vez de hacer ese entrenamiento durmiendo, como ellos, subo a 6.000 metros en periodos cortos de tiempo. Cinco minutos, bajo cuatro, otros cinco... Hora y media. Y todos los días.

¿Cuántas horas se entrena?

Piscina cada día, tres, cuatro. Luego un poco de gimnasio. En casa tengo una galería. Banco, gomas, espaldera, pesas. La handbike, tres días y la hipoxia. En total, el que menos, cinco y media, y, el que más, ocho.

Al poco de empezar ganó su primer campeonato de España.

En un año y poco.

¿Y qué siente? Usted, a la que no le gustaba nadar...

Buf. Por un lado, alegría. Dos medallas fueron. Y en Badajoz, que mi familia es de Extremadura y mucha estaba. Me sentí arropada, súper campeona. Pero, por otro, era como estar pasando página sin darme cuenta. "¿Esto significa que no voy a volver a caminar?". Un totum revolutum. Al final fue más importante la parte feliz que la otra.

Y viene más piscina.

"Jo, Teresa, podemos intentar clasificarte para el Europeo", dijo Ramiro. No hice la mínima pero en mi cabeza quedó eso: ser internacional algún día. Empecé a entrenar más fuerte, más días, horas. Me clasifiqué para el Mundial de 1998.

¿Sus primeros Juegos paralímpicos?

Sydney 2000.

¿Qué fue clasificarse?

Yo pensaba que los deportistas, al lograr la medalla, exageraban. "Qué moñas, si tampoco es para tanto". Pero fue muchísimo mejor. Primero cuando haces la mínima. Esa alegría. Buahhh.

¿Dónde la hizo usted?

En Valencia. Tenía fiebre, de puro nervio. Pero competí por mis narices y lo logré. Y cuando te llega la ropa, ese maletón, que entonces no era como el de los olímpicos, era mucho menos, pero te hacía una ilusión... Y preparar la concentración, la Villa...

Sus fiestas son famosas.

Sobre todo para el que compite poco (ríe). Porque sí, en paralímpicos existen igualmente. Pero yo siempre he nadado en tantas pruebas que sólo era la fiesta del último día. En Londres, por ejemplo, fui abanderada, hice el paseíllo y me fui.

¿La primera vez que se mete a la piscina en Sydney, unos Juegos Paralímpicos?

Muchísima más gente, movimiento, la dinámica de la competición, tan estricta. Cámara, precámara y cámara de salida, tres pasos. Y la piscina, 17.500 personas. Te sentías hormiguita. Y en los Mundiales nunca venía la tele. Aquí estaba y te grababa. Cómo te quitas la ropa, subes al poyete. Con el corazón a mil...

Ahí no logró el oro.

Fueron cinco medallas. Una plata y cuatro bronces.

La primera, la plata.

Llegaba en el ránking para ser quinta. Nadie esperaba mi medalla, y menos una plata. Pero lo que te decía del orgullo, que lo saco. Luego en las siguientes empecé a querer algún oro pero se resistieron. "En Atenas", dije. Y en Atenas fueron dos, muy peleados. Uno por tres décimas. Que no es nada. Haces el ruido y ni te enteras de que hay diferencia entre una mano y otra. De película.

¿Recuerda aquella carrera?

Sí, sí. Yo siempre había quedado segunda o tercera. Y estaba hasta las narices. Quería el oro, de verdad, pero creo que tenía miedo a ganar.

¿Sí?

Sí. Porque cuando logras el oro, inevitablemente, piensas: "¿Y si no gano otro? Menudo fracaso". Inconscientemente, en algún momento, no daba el máximo por eso. En Atenas me cansé. Y me dejé llevar. Tampoco veía donde estaban mis rivales. Aquella fue la primera carrera que, de verdad, fui a lo mío. A intentar llegar la primera.

Y ganó a Beatrice Hess.

Mi mayor ídolo. Me encantaba como nadaba, ella, como persona. Siempre me he llevado fantásticamente bien con mis rivales. De ellas han salido mis mejores amigos. Cuando compito, soy incapaz de nadar sin haber dado besos y abrazos a todas.

Y siempre con música.

Es como un clic. Hago entrenamiento mental en casa. Desde el 2000, siempre la misma canción: Heroes live forever, de Vanessa Amorosi, brutal. Me imagino ganando. Es mi entrenamiento. Lo que visualizo. Toda la prueba, desde el desayuno. Para saber controlar mis emociones todo el proceso. En una competición de nada sirve ser la mejor a nivel físico si en el emocional no eres capaz de rendir.

¿Y cómo se hace eso?

Entrenando mucho. Y buscando la técnica que más se acomode a ti. Inspirar, expirar, sudokus o música a tope. Yo, a través de ella, lo hago todo tantas veces en mi cabeza que, cuando llega, sale de forma automática.

¿Cómo es ponerse el bañador?

(Ríe) Pues que tiras una toalla en el suelo, del vestuario, baño, donde sea y, lo más discretamente posible, que es difícil, haces la croqueta y, de un lado para otro, intentas embutirte. Lo más difícil es el champiñón del culo. Se queda todo el rato para arriba (ríe). Tardo quince minutos. Con eso ya calientas.

Sufre mucho de cervicales.

Porque siempre voy mirando hacia arriba. Nadando se te cargan los trapecios. Tengo dos hernias discales y una discopatía degenerativa.

Ángel Santamaría, su entrenador 18 años. ¿Cómo llega?

Como un favor. Ramiro se quería retirar: "En El Olivar hay dos entrenadores muy majos: vamos a ver si te dejan entrenar". Santamaría nunca había trabajado con nadie con discapacidad pero, desde el primer momento, hubo conexión. Tengo tanta confianza en él, que sé que cada metro que hago lo hago por algo.

¿Vive de la natación?

Ahora hay unas becas que no están mal. Pero también depende de con qué edad las recibes. Yo ahora tengo 43 años, ya tengo que pensar en la jubilación, pagar autónomos. No puedes depender sólo de la beca. Mañana hay una lesión que me impide ir al Mundial y, si no voy, no renuevo, y me quedo con una mano delante y otra detrás. Por eso siempre he compaginado trabajo y deporte.

¿Y cuándo se quedó embarazada?

Se trató como una lesión. No fue una retirada, sólo bajada de beca. Que bien, pero es algo a mejorar. En cualquier trabajo, en una baja por maternidad, se cobra el sueldo completo.

¿Le cambió mucho el cuerpo?

Engordé 22 kilos. Y el peso es muy difícil de manejar cuando vas con la silla. Fue complicado.

¿Y volver?

De peso me costó más pero de tiempos, bastante bien. En Berlín, 2011, cinco medallas.

¿Había muchas mujeres cuando empezó?

No excesivas. A veces me he preguntado por qué. Lo único que se me ocurre es que, cuando un deportista con discapacidad comienza, es porque los padres lo llevan... Y ayudan a cambiarse. Parece que da más cosa si es un padre el que está en un vestuario de mujer, con una hija.

¿Ha sentido machismo?

Hago un deporte individual: hay fichas federativas, no contratos con clubes. No hay diferencias entre hombres y mujeres.

¿Después de los Juegos Olímpicos, se olvida que están los Paralímpicos?

Antes sí había una desconexión. Sólo salían en los informativos los oros. Pero desde Londres ha cambiado. Yo lo he notado.

¿Sí?

Antes, yo tenía 16 medallas y me conocían en Zaragoza. Después, vaya donde vaya, siempre hay alguien. Y me llama mucho la atención. Al ser paralímpica nunca habíamos tenido trascendencia. Desde Londres voy al mismo nivel que los deportistas olímpicos.

En Atenas ganó los primeros oros, pero después hubo más.

Un día me dijo un compañero: "Teresa, no sé por qué te conformas con hacer oro". "¿Perdona?". "Sí, tía, es que tienes que hacer récord del mundo, puedes". Y en Pekín hice tres y gané tres oros. Fue mi cumbre.

A Londres fue con su hijo.

La ilusión de mi vida. Tenía dos años y pico, pero imagina, oír: "Mamá, campeona". Y regalarle medallas. Seis. La última de oro. Hubo un titular que nunca olvidaré: "Michael Phelps, tiburón de Baltimore, 22 medallas olímpicas. Teresa Perales, sirenita del Ebro, 22 paralímpicas".

La comparación con Phelps.

Me hizo ilusión. Por primera vez un deportista olímpico con un paralímpico. Era raro. Y pensaba: "Este hombre, cuando vea en Twitter, que ponen muchas veces su nombre y el mío, qué pensará: '¿Y quién es ésta?".

En 2015 no hubo Juegos pero usted se entrenó como si sí... Se casó... ¡Caminando al altar!

Sí (ríe). Pusimos en casa de mi madre unas barras de cortina en el pasillo, muy largo, y me servía de paralelas. Me puse unos aparatos estilo Forrest Gump, más ortopédicos, para que no se fueran las caderas, y me ponía de pie. No se le podía llamar andar, pero me desplazaba. Quería darle la sorpresa mi marido. Al principio tenía intención de entrar andando pero el ultimo día dije: "Tengo que girar y no sé si se me escapará la pierna". Hice solo el recto del pasillo. Me levanté con muletas, me agarré del brazo de mi hermano y fuimos.

¿Y cuándo la vieron?

Primero lo típico, "qué viene la novia". Luego, sorpresa, "ahhh". Al final todos moqueando.

Sólo le faltaba su padre.

Tenía 15 años cuando murió. Ese sí que ha sido el palo gordo de la vida, el que no tiene vuelta atrás. Lo adoraba. Fíjate que han pasado años pero no hay día que no me acuerde de él. Mi hijo tiene gestos suyos. "Qué orgulloso estaría de ti", pienso.

Y de usted.

No se habría imaginado nunca todo esto. Tampoco había nadado, claro.

¿Retos ahora?

Llegar a Tokio para competir. Ante rivales 15 años más jóvenes. Es difícil. Por mi cuerpo, edad, la enfermedad con sus ataques, sibilina. Cada día tengo más dolores y pereza. Cuando te duele cada día todo, cuando te cuesta todo mucho, da más palo. Pero me gana Phelps por dos medallas. ¡Cómo para retirarme (risas)!

¿Su prueba favorita?

Estéticamente, la mariposa. Pero hace mucho que no la nado, por las hernias. Me planteo en los Juegos de Tokio, por tener una posibilidad más de podio. Lo único que ahora me mete es la espalda. Con el croll, 100 metros libre, fui oro en Atenas, Pekín y Londres. En Río se escapó... Pero en Tokio mi hijo tendrá 10 años y quiero oírle gritar otra vez.

"Mamá campeona".