La Euroliga nos devuelve a la realidad

A pesar de ser un anuncio esperado, la cancelación de la Euroliga ha caído como agua helada en un ambiente de desescalada del deporte que apuntaba, poco a poco, a todo lo contrario. El regreso de la Bundesliga de fútbol, la confirmación de LaLiga en junio, la posible comunicación este martes del retorno de la ACB, la reapertura de los Centros de Alto Rendimiento en España, las medidas tomadas en Estados Unidos para la relanzar sus deportes profesionales, la reestructuración de los calendarios mundiales de ciclismo, de golf y, próximamente, de tenis… La primavera había sido un torrente de suspensiones y aplazamientos, pero el reciente goteo de buenas noticias reavivaba la esperanza, aunque las gradas sigan vacías, y lo seguirán durante mucho tiempo, y aunque haya que seguir extremando las precauciones para evitar rebrotes de infecciones. La anulación del máximo torneo europeo de baloncesto por clubes, conjuntamente con la Eurocup, nos ha devuelto a la cruda realidad, a la complejidad de articular una competición internacional en plena pandemia.

La Euroliga se ha topado con obstáculos infranqueables. Por un lado, su estructura, con 18 equipos de diez países diferentes, todos con sus propios protocolos y legislaciones sobre el virus y sobre el movimiento de fronteras, entre ellos Rusia, que se mantiene en el segundo puesto del ranking de afectados. Uno de sus tres equipos, el CSKA, perdió recientemente a su médico por coronavirus. Por otra parte, las reticencias de los jugadores, temerosos de contagios y lesiones. Algunos equipos, con numerosos americanos, estaban también prácticamente desmantelados por la marcha de sus jugadores. Había que recomponer esas plantillas para la competición, en la mayoría de los casos sin torneos domésticos, a excepción de Alemania, Israel y España. Demasiadas trabas para tan poco margen del tiempo.

De los Países Bajos al País Vasco

La Vuelta a España tuvo este miércoles un ajetreado día en su 85º cumpleaños, que culminó sin poder soplar las velas con sus nuevas fechas otoñales. Unipublic comenzó la mañana con el anuncio de que los Países Bajos no albergarán la salida de 2020. Una resolución lógica. Por un lado, porque el país neerlandés quería disfrutar de esta fiesta de ciclismo en todo su esplendor. Por otro, porque las normativas gubernamentales de Holanda tampoco podían asegurar para entonces la celebración. Y por último, aunque nada tenga que ver con la decisión, ni tampoco con el espíritu del deporte, porque el distanciamiento político surgido entre ambos países en Europa durante la crisis del coronavirus seguramente se habrá apaciguado dentro de dos años, cuando este proyecto se vuelva a retomar con cariño.

La jornada siguió con una reunión con la UCI donde estaba previsto que se decretara el nuevo calendario, pero quedó aplazado hasta el 5 de mayo. La razón que ha transcendido es que la normativa francesa de prohibir los eventos masivos hasta el 1 de septiembre generó dudas en la Unión Ciclista Internacional sobre los tres días de arranque del Tour en agosto. La incertidumbre se resolvió durante la mañana con la luz verde del Gobierno de Francia. Junto a este problema, que no será tal, parece que continúan las discrepancias sobre noviembre, donde hay que ubicar varias clásicas, además de parte de la Vuelta. Nadie quiere ocupar ese mes en Europa: más que por el frío, por la falta de luz. La UCI anunciará el martes su decisión final. Y todos tendrán que entender que será una decisión excepcional. Entonces sabremos por fin las fechas de la Vuelta, que remató su cumpleaños con otro comunicado en el que asumía una duración de 18 etapas y una salida desde Irún. Ya no hay tiempo para buscar otra alternativa. Y el País Vasco, tan amante del ciclismo, será una bella lanzadera.

Hay más vida detrás del Tour

Este jueves estrenamos Conectad@s, un foro digital que pretende poner en contacto a los diferentes actores del deporte, a organizadores, deportistas y patrocinadores, en estos tiempos oscuros en los que las competiciones están paradas. El deporte, como cualquier otra industria, sufre económicamente las consecuencias de la inactividad que provoca la lucha contra la pandemia. Detrás de esa prioridad absoluta de salvaguardar la salud, el deporte trabaja en un puzle de planes alternativos para estar listo cuando el semáforo se ponga en verde y se pueda recuperar cierta normalidad, total o parcial. Habrá que analizar también entonces cuánto cuesta curar las heridas. Hoy empezamos con un debate sobre La Vuelta. Y mañana llegará MotoGP. Dos eventos tan cargados de incertidumbre como la vida.

La Vuelta a España ha sido trasladada al otoño, en un movimiento de fechas que llevó al Tour de Francia al 29 de agosto, dos meses después, para intentar proteger la parte esencial de la temporada. Hubo un consenso inicial para salvar el Tour como motor del ciclismo, porque de esta carrera dependen como mínimo la mitad de los impactos publicitarios de los equipos. Una vez reflotado el Tour, se trabaja en recomponer el resto del calendario. Un rompecabezas. Y aquí ya da la sensación de que no hay tanto consenso. Cada uno tira para su lado, es lógico. “Todos tendremos que ceder”, advierte Javier Guillén, cuya carrera sitúan algunas noticias en noviembre, seguramente empujadas por vientos procedentes del entorno del Giro de Italia. La Vuelta quiere morder el mayor número posible de días de octubre para huir del frío. Durante este primer Conectad@s hubo una frase relevante de Guillén: “Todo por el Tour, pero no el Tour contra todos”. Significa, ni más ni menos, que hay ciclismo más allá. Y ofrece un dato: la Vuelta tiene 400 millones de espectadores en el mundo. También hay que salvarla.

Los ascensos y descensos son un buen lío

Las ligas no sólo coronan a un campeón. También viven altas dosis de dramatismo con la lucha por la salvación, que contrasta con la alegría de los equipos que suben de categoría. Los ascensos y los descensos son una parte esencial del deporte. La interminable pandemia está empujando a la búsqueda de fórmulas para resolver los campeonatos, que algún día tendrán que poner el cierre, no se pueden aplazar hasta la eternidad. La ACB anunció el lunes que anulaba los descensos, para regocijo del Estudiantes y del Fuenlabrada, que ya se han salvado tres y dos veces, respectivamente, en los despachos. Pero nadie explicitó qué va a ocurrir con los ascensos. El Valladolid, que lidera la LEB, reclama su plaza. Está en su derecho. Eso obligaría a la ampliación a 20 equipos de una liga que en los últimos años ya se consideraba sobredimensionada y había llegado a estudiar su reducción. Otros deportes, como el fútbol de Segunda B y Tercera, y el fútbol sala, ya han tomado esta medida: habrá ascensos, pero no descensos. Lo mismo acordó este martes la Bundesliga de balonmano.

Esta es la decisión menos problemática, pero está por ver si el deporte español puede soportar la carga de tantos equipos la próxima temporada, a la estela de la crisis que, inevitablemente, va a provocar el coronavirus. Las federaciones están preocupadas con este asunto, que han traslado al CSD a través de ADESP, y se ha creado una comisión que preside Jorge Garbajosa. El temor es que si se dictan descensos o si se impiden ascensos sin los campeonatos concluidos, pueda caer una lluvia de demandas que no podrían soportar las economías de los deportes más modestos. Precisamente la ACB tiene la experiencia del Obradoiro, al que tuvo que hacer hueco muchos años después, tras ganar su retorno a la élite en los tribunales. El tema tiene una enorme complejidad. Y exige una solución.

El Tour es la primera pieza del puzle

Emmanuel Macron prolongó el confinamiento en Francia hasta el 11 de mayo y, de paso, anunció que los eventos multitudinarios no retornarán, como pronto, hasta mediados de julio. Seguramente España prevé un plazo similar. Vamos a tardar mucho en ver público en los estadios, los teatros o los cines. La medida del presidente de la República deja sin efecto las fechas del Tour, que trabaja desde hace tiempo junto a la UCI, en discreto silencio, para encontrar una nueva ubicación. La versión que este martes tomó más cuerpo, y que este miércoles puede hacerse oficial, apunta del 29 de agosto al 20 de septiembre. ¿Y qué pasa con la Vuelta? Pues la idea es que quepa también en el calendario. Y el Giro. Y los Monumentos. Y el Mundial. Y un par de rondas preparatorias, con el Dauphiné al frente.

El puzle cuadra en unas fechas atípicas para salvar el grueso del curso, siempre que la pesadilla haya remitido para entonces. Ese es el gran problema. Los organizadores trabajan con calendarios alternativos, pero será el coronavirus el que dicte la sentencia y los políticos quienes gestionen los plazos. Mientras la pandemia avanza a su desconocida meta final, el ciclismo tiene claras sus prioridades de supervivencia. Hay que salvar el Tour, del que depende en torno al 45% de la visibilidad publicitaria de los equipos. Esa es la primera ficha que hay que colocar. Después las otras dos grandes, Vuelta y GIro, que repercuten en un porcentaje similar en las formaciones locales. Sin solaparse y sin recortes. Y luego una serie de clásicas simbólicas, muy relevantes en países como Bélgica. Los ajustes hay que hacerlos con tacto y con tiempo, porque no es igual fijar un partido, que coordinar más de 40 ciudades entre salidas y llegadas, que en el caso de la Vuelta pertenecen a cuatro países, con sus propias legislaciones. Las piezas todavía encajan, aunque para ello haya que irse a noviembre. Las bicicletas no son sólo para el verano.

Página Siguiente »